
Esa noche no fue buena para mí, me sentía como cuando te vas por un pequeó descuido a un examen extraordinario. Lloraba con cualquier instante de recuerdo que pasaba por mi mente y obligaba a fallecer a mi grito. Me abraza el cuerpo y lo mecía. No me atreví a llamarlos, sabía que estaría mejor, porque los sentimientos son así, infieles a la durabilidad, volubles y hasta controlados por los pensamientos. Los manipulé y logré calmarme.
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