"En toda relación desigual y sin nombre ni reconocimiento explícito,
alguien tiende a llevar la iniciativa, a llamar y a proponer
encontrarse, y la otra parte tiene dos posibilidades o vías para
alcanzar la misma meta de no esfumarse y desaparecer enseguida, aunque
crea que de todas formas será ese su destino final. Una es limitarse a
esperar, no dar nunca un paso, confiar en que pueda añorársela y en que
su silencio y su ausencia resulten insospechadamente insoportables o
preocupantes, porque todo el mundo se acostumbra pronto a lo que se le
regala o a lo que hay. La segunda vía es intentar colarse con disimulo
en la cotidianidad de ese alguien, persistir sin insistir, hacerse sitio
con pretextos varios, llamar no a proponer nada - eso está vedado aún -
sino a consultar cualquier cosa, a pedir consejo, o un favor, a contar
lo que nos ocurre -la manera más eficaz y drástica de involucrar- o a
dar alguna información; estar presente, actuar como recordatorio de uno
mismo, tararear en la distancia, zumbar, dar lugar a un hábito que se
instala imperceptiblemente y como a hurtadillas, hasta que un día ese
alguien se descubre echando en falta la llamada que se ha hecho
consuetudinaria, siente algo parecido al agravio -o es la sombra de un
desamparo- e, impaciente, levanta el teléfono sin naturalidad, improvisa
una excusa absurda y se sorprende marcando él.
Yo no pertenecía a ese segundo tipo atrevido y emprendedor, sino al primero callado, más soberbio y más sutil, pero también más expuesto a ser borrado u olvidado con prontitud (...).
Que yo no estableciera contacto con él no significaba que quisiera evitarlo, ni que me hubiera decepcionado (...). Que yo no diera señales de vida no significaba que supiera nada de eso ni nada nuevo de él, mi silencio no me traicionaba, todo era como siempre durante nuestra breve frecuentación, dependía de que él sintiera vaga añoranza o se acordara de mí y me convocara a su alcoba".
De "Los enamoramientos", Javier Marías.
Yo no pertenecía a ese segundo tipo atrevido y emprendedor, sino al primero callado, más soberbio y más sutil, pero también más expuesto a ser borrado u olvidado con prontitud (...).
Que yo no estableciera contacto con él no significaba que quisiera evitarlo, ni que me hubiera decepcionado (...). Que yo no diera señales de vida no significaba que supiera nada de eso ni nada nuevo de él, mi silencio no me traicionaba, todo era como siempre durante nuestra breve frecuentación, dependía de que él sintiera vaga añoranza o se acordara de mí y me convocara a su alcoba".
De "Los enamoramientos", Javier Marías.
