Abrí
la puerta, sentí que vibraba. Que vibraba con la casa, la menta, el
color, el agua, la falta de azúcar en la comida y el incienso en los
ventanales. Aquello parecía un lugar sagrado en el que me creí
reflejada, tranquila, equilibrada.
A veces sueño que regreso.
Y sé que podría. Sin embargo temo visitarla y no querer volver a salir. Así que no me culpes por no ir este año, ni el que viene, y probablemente el siguiente tampoco.
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